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Aló, ¿con quién tengo el gusto?

Toamada de internet

Notas y Noticias

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Dili trabaja en un call center. Ocho horas al día, al otro lado del teléfono, escuchando quejas, enredos y, sobre todo, la frustración de quienes solo quieren que alguien – alguien de verdad- los escuche y les dé una solución. La mayoría de sus llamadas vienen de adultos mayores que no saben cómo rastrear un pedido, que se sienten perdidos con fechas de entrega que nunca se cumplen o que no entienden cómo abrir un correo para confirmar una compra.

Pero Dili no solo atiende usuarios, traduce la tecnología para quienes no nacieron con ella. Porque, aunque los bots prometen eficiencia, la empatía todavía no les ha llegado. Lo que para muchos es sencillo y automático, para otros es una barrera que los deja fuera. La historia de Dili revela una verdad incómoda: la digitalización avanza, pero no llega igual para todos.

Según el Dane, en 2021 solo 36,4% de las personas mayores de 65 años en Colombia tenía acceso a internet, y apenas 18,1|%, lo usaba con frecuencia. Además del acceso, las barreras son muchas: falta de habilidades digitales, bajo nivel educativo, altos costos de dispositivos y planes, e incluso dificultades físicas para usar un celular o un computador. para estas personas, la única alternativa real sigue siendo la atención humana.

Si usted que me está leyendo ha pasado más de cinco minutos peleando con un bot, diciendo «asesor, asesor, asesor», en voz alta o presionando el 0 con la esperanza de que alguien lo atienda, entonces sabe exactamente de qué estamos hablando.

Por eso, el Proyecto de Ley 396 de 2025 resulta bastante interesante. Su propuesta es simple pero contundente: garantizar el derecho de cualquier ciudadano o consumidor a hablar con una persona real en cualquier canal de atención, sin importar la tecnología que use la empresa. Ni bots, ni menús infinitos, ni respuestas automáticas como única opción. Un operador humano, siempre disponible durante el horario de atención.

Esta apuesta resulta disruptiva, pero en realidad responde a una demanda global. De acuerdo con una encuesta de NewVoiceMedia, 75% de los consumidores prefieren interactuar con un ser humano, mientras que solo 13% prefiere hacerlo con bots. Y es que, aunque los chatbots pueden gestionar solicitudes simples o responder preguntas frecuentes, carecen de algo esencial: sentido del humor, empatía e inteligencia emocional. Tres ingredientes que, en una era de personalización, los clientes siguen valorando por encima de cualquier tecnología.

Sin embargo, aquí es donde empieza la paradoja. Aunque la ley es valiosa porque defiende el derecho al trato humano, su redacción actual plantea un riesgo: que la obligación de tener atención humana disponible en todo momento, sin excepciones, termine desincentivando el desarrollo de tecnologías que podrían hacer la atención más eficiente, rápida y escalable. No se trata de elegir entre humanos o bots, sino de equilibrar ambos, para que nadie quede excluido.

la solución no es eliminar la tecnología, sino regular inteligentemente. Porque si la norma se queda en el papel y solo obliga a tener humanos atendiendo en todos los canales, las empresas podrían volver a esquemas costosos e ineficientes que, lejos de mejorar la experiencia, la empeoren. La clave está en garantizar el acceso humano cuando realmente se necesita, sin frenar la innovación que puede hace que muchos trámites sean más ágiles y menos traumáticos.

Dili lo sabe bien. Porque mientras ella atiende a quienes no pueden con la tecnología, también ha visto cómo usuarios resuelven sus problemas en segundos gracias a un buen autoservicio digital. La humanización no está en prohibir los bots, sino en garantizar que, cuando la tecnología falle, haya alguien al otro lado dispuesto a escuchar.

Que esta ley no se nos quede en la gaveta legislativa. Que de verdad sirva para cerrar las brechas digitales y garantizar que, en la era de la inteligencia artificial, el trato humano siga siendo un derecho, no un privilegio. Porque en un mundo donde las máquinas nos responden cada vez más rápido, lo que de verdad seguimos buscando es que alguien, del otro lado, nod escuche de verdad.

Eva Barreneche… La República (Colombia)… mayo 2025.

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¡Que viva la música!

Foto referencia- tomada de Proantioquia

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Un concierto de Ryan Castro deja en Medellín una derrama económica de casi 7 millones de dólares en un solo fin de semana. Cincuenta mil asistentes, 22 mil de ellos visitantes. Hoteles, restaurantes, transporte, entretenimiento. Este evento masivo es igual de importante que un concierto de Filarmed con 1800 asistentes, el próximo evento de Juanes para inaugurar Daviarena o una presentación de Palmeras de Urabá, que mantiene viva la memoria del bullerengue. La música es más que arte y más que negocio; es una cadena de valor que genera empleo, nueve territorios y construye identidad. Colombia lo sabía. Hasta ahora no tenía ley para decirlo en voz alta.

Eso acaba de cambiar.

La aprobación de la Ley de la Música en el Congreso de la República es un hito para el sector: por primera vez, el país cuenta con un marco integral para reconocer, financiar y fortalecer el ecosistema musical. Y con ella, Colombia da un paso que va más allá de la cultura: declara que la música es una actividad de desarrollo económico sostenible.

La nueva Ley crea el Fondo Cuenta Especial del Sector de la Música, inspirado en el modelo que transformó la industria del cine colombiano, para invertir en formación, creación, investigación y circulación. Establece incentivos para el transporte de instrumentos en aviones y visas especiales para la movilidad internacional de artistas. Exime del IVA los instrumentos y equipos de producción sonora. Regula la payola. Protege prácticas musicales comunitarias y tradicionales. Y crea mecanismos para mejorar la transparencia en la gestión de derechos de autor, una deuda histórica con quienes viven de su talento.

Esta ley, tramitada por el representante antioqueño Daniel Carvalho es, a su vez, el logro de muchos. Desde Proantioquia nos vinculamos a esta conversación, aportando una visión técnica y legal al proyecto junto a aliados como Lumen Legal, Hemisferio Derechorocks. EL APUER de Comfama, SAYCO, ACIMPRO, ACODEM, Promúsica Colombia, y todos los integrantes de la Mesa de la Industria Musical, quienes nos acompañaron con aportes y perspectivas. Trabajamos para que la ley incorpora criterios de sostenibilidad, ampliara la visión sobre actores que componen la industria más allá de los artistas masivos y protegiera asuntos clave como el recaudo y gestión de derechos. Fue un ejercicio plural y comprometido que logró destrabar conversaciones que durante más de diez años no habían llegado a ningún puerto.

Esta ley también es un habilitador para el Plan Maestro de Entretenimiento que lideramos junto al sector público y privado, con una apuesta concreta en infraestructura, datos, inversión y talento. Antioquia se posicionó como voz líder en esta conversación nacional, y eso no es un dato menor: es una señal de la región le apuesta de manera decidida a la música como motor de desarrollo económico y social.

Ahora viene lo más importante: la implementación. Que el Fondo se capitalice con recursos reales. Que los beneficios lleguen a los artistas de los territorios, no solo a los grandes distribuidores. Que 40% de artistas emergentes no sea convidado de piedra en festivales públicos. Que las músicas tradicionales, de las comunidades afro, indígenas, campesinas, tengan protección efectiva y no solo reconocimiento simbólico. En la música, en todas las músicas, nos encontramos todos. Con respeto por la diversidad y los gustos. Como debería ser por estos días en nuestro país. Que nuestros ritmos y artistas no sigan dando alegría e identidad. ¡que viva la música!

Julina Velásquez Rodríguez…..presidenta ejecutiva Proantioquia..junio 2026

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Carta Abierta

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Ya los escuchó, ya los vio, ya los leyó. Incluso en algún momento, lo mas seguro los tuvo cara a cara, estrechó su mano y probablemente lo saludaron y le prometieron que todo iba a cambiar.

Y se llegó el momento para qué usted, que hace parte del grupo de ciudadanos, qué escucha, lee y ve, y que no esconde la cabeza en la cubeta de «Todos son iguales» o «No voto por que esto seguirá igual», sabrá que mañana 31 de mayo será unos de esos que aún considera que con su voto ¡Todo es posible! Qué aspiramos, y esperamos, qué su voto no será el voto de los de siempre: el voto de la teja, el voto de sanduche con refresco, el transporte o en el peor de los casos el voto del bus que viene de otro pueblo, ciudad o vereda, o de un resucitado.

Usted, ya sabe, que para que esto cambie, su voto no es el que se va a la basura, que su voto es sagrado, que ni se compra, ni se vende, que es amor por la patria, amor por un poco de cambio, si un poco de cambio, porque hablemos claro nada es perfecto y menos la democracia. Pero usted que se va de voto mañana 31 de mayo, cuando con una X inicia el cambio podrá con tranquilidad decir: ¡Yo hice parte del cambio!

Qué ellos, los que recorrieron el país, que visitaron regiones que no conocen el poder del Estado, los que prometieron el cambio, solo esperan el poder de su X en un papel para continuar con el continuismo o buscar el anhelado cambio que todos quieren. Y que ese poder, que usted tiene logrará la recuperación de un país perdido en el mapa del caos, el miedo y la burla. Muévase a votar, para que la dignidad regrese, para que ese palabra perversa que nos acompaña, cada cuatro años «Para qué votar», se convierta en el verdadero cambio que logre romper el hechizo maldito, así sea un poquito. Pero que se avance y no se retroceda.

Finalmente recuerde que Colombia es la GRAN SELECCIÓN, que juega el partido más importante el 31 de mayo, y que usted es el arbitro de ese juego que, en su sabiduría decidirá quién será el director técnico por cuatro años de la GRAN SELECCIÓN.

«LOS ESTADOS SON ESCLAVOS POR LA NATURALEZA DE SU CONSTITUCION O POR EL ABUSO DE ELLA. LUEGO UN PUEBLO ES ESCLAVO CUANDO EL GOBIERNO, POR SU ESENCIA O POR SUS VICIOS, HUELLA Y USURPA LOS DERECHOS DEL CIUDADANO O SÚBDITO»… CARTA DE JAMAICA , SIMÓN BOLÍVAR

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Vale Votar

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Tu voto vale 13 millones de pesos. ¿Lo cambiarías por un tamal? La pregunta suena provocadora. Lo es. Pero los números no mienten: el Presupuesto General de la Nación para 2026 asciende a $523 billones. Colombia tiene un poco más de 41 millones de ciudadanos habilitados para votar. Divida. El resultado es casi 13 millones de pesos por votante. Por usted, por mi, por las decisiones que afectan nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo y nuestro territorio. Puede parecer una comparación irresponsable. Pero más irresponsable es no votar.

Colombia tiene una de las tasas de abstención más altas de la OCDE y una de las cargas tributarias más altas de América Latina. Eso no es coincidencia: países donde la gente no vota tienden a tener Estados que sirven a quienes sí votan. Cada punto de abstención es una cesión de poder a alguien que sí va a las urnas.

Colombia vota el 31 de mayo. Y como cada vez que se abren las urnas, volverá a circular en la cabeza de muchos colombianos la pregunta de siempre: ¿para qué votar si todo sigue igual? ¿Para qué votar si la polarización reina en el debate público? ¿Para qué votar si mi voto no cambia nada? Son preguntas legítimas. Pero tienen una respuesta que no admite mucha discusión: la democracia no se cuida desde el sofá. Se cuida participando. En las elecciones, en el control social, en la vida pública.

Vale votar porque esta democracia, imperfecta, lenta, a veces frustrante, tiene un guardián que merece nuestro respaldo: se llama Constitución Política de Colombia. Es la que garantiza que nadie pueda concentrar todo el poder. La que protege la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libre movilización por el territorio, la libertad de disentir, de organizarse, de elegir y ser elegido. Libertad. Sin Constitución viva y respetada, no hay libertad. Y sin participación ciudadana, la Constitución se debilita.

En muchos lugares del mundo hemos visto cómo las democracias empiezan a erosionarse lentamente: primero se desacreditan las instituciones, después se normaliza el insulto y el odio, luego se debilitan los contrapesos, y finalmente se instala la idea de que la libertad es un obstáculo y no un valor. Nada de eso ocurre de un día para otro. Ocurre cuando los ciudadanos dejan de sentirse responsables de cuidar lo público.

Por eso desde un grupo de empresas de Colombia decidimos estimular a nuestra ciudadanía, entregar incentivos reales a la participación. Le llamamos Vale Votar, una iniciativa concreta para cuidar la democracia, promovida por Proantioquia y la RedPRO con el apoyo decidido de Fenalco. Una apuesta hecha no desde los discursos, sino desde la acción. Porque las empresas también tienen un rol en este momento del país. Y ese rol no es el de la indiferencia.

¿Qué tal si votar también se convierte en experiencia visible en la vida cotidiana? Un café en Juan Valdez al mostrar el certificado electoral. Un descuento en Flamingo. Viajar gratis en el Metro de Medellín para ejercer el derecho al voto. Más de 50 marcas decidieron sumarse a esta conversación democrática, no para comprar conciencias, sino para reconocer un acto ciudadano que sostiene la vida institucional del país.

Porque votar no debería sentirse como una carga inútil, sino como un gesto definitivo para la sociedad. Y porque estimular la participación también es una manera legítima de cuidar la democracia: sin presiones, sin miedo, sin odio, sin decirle a nadie por quién votar. Solo recordándonos que participar importa.

Tu voto. Vale tu libertad. Vale el país que queremos. Vale Votar.

Juliana Velásquez Rodríguez, presidenta ejecutiva Proantioquia.

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