26 Líneas
Montañeros y campesinos
Tener vergüenza de quien es uno, negar la familia, los ancestros y la tierra que le fue dada, es un hecho lamentable que la mayoría reprocharíamos. Algunos colombianos siguen acomplejados de ser campesinos, hijos de un país rural y nacidos en el campo. tratan de esconder su linaje y su procedencia alejándose de su origen para que no se les note lo suramericano.
Colombia es 94% rural y 45 % amazónico. La mayoría de nosotros nacimos entre montañas y ríos, llanuras o mares. Somos montañeros y campesinos, tenemos muy cerca el olor a leña, los ponchos y las manos llenas de callos. Nuestros tatarabuelos y bisabuelos bajaron y subieron las cordilleras de los Andes para asentarse en lo que hoy consideramos las grandes ciudades industriales o los centros urbanos, donde se concentra el 70% de la población.
Olvidamos quienes somos en medio de las selvas de concreto. En lugar de tener el complejo de la tierra en las uñas, debemos parar y pensar sobre nuestra riqueza natural, porque en el camino hacia el «desarrollo» no podemos olvidar el potencial de la tierra que nos sostiene. Pensarse en Colombia, Antioquia o en Medellín, no es posible sin el campo, sin la agricultura, sin los alimentos, sin la riqueza hídrica, sin los bosques, sin los ricos suelos.
Apostarle a algo distinto sería darle la espalda a la riqueza. El patrimonio natural que tenemos que es inseparable de nuestra geografía, ya nos fue dado, mientras que otros tipos de crecimiento basados en economías distintas al campo requerirán esfuerzos grandes y llenos de frustraciones.
Querer basar nuestra economía, crecimiento y superación de la pobreza en asuntos urbanos es interesante, pero bastante curioso y un tanto contradictorio (o paradójico) mirado desde la perspectiva desde donde estamos. Es como la historia del pez que muy preocupado pregunta dónde esta el agua.
Si levantamos la mirada y observamos hacia donde esta yendo el mundo y donde se están haciendo las apuestas en inversión, educación y regulación, encontramos que el agua, las energías renovables y la búsqueda de sistemas de producción sostenible de alimentos están en la agenda principal de los países desarrollados. Buscan hacerle frente a la crisis climática, alimentaria e hídrica.
Nosotros tenemos la mayoría de esos recursos que le están faltando al mundo: suelo, agua, alimentos y oxígeno. ¿ No será que ahí esta el potencial? ¿Qué tendríamos que prepararnos para la demanda gigantesca de estos bienes? ¿Será que vale la pena tener las mejores universidades agrícolas en nuestro país, la mejor tecnología para generar valor agregado a nuestros commodities, la mejor formación científica para aprovechar el agua, el suelo, y los bosques? ¿Podría ser interesante que los financieros aprendan de economía verde y que nuestros ingenieros sobre agricultura de precisión? ¿Qué nuestros desarrolladores de software le apuesten al campo? ¿Qué los políticos aprendan de regulación ambiental? ¿Qué los abogados se interesen por ayudar a titularizar tierras para hacer viable el agro? ¿Qué los banqueros aprendan de los ciclos de la naturaleza para que se financie el campo con plazos realistas a las cosechas? ¿Qué las aseguradoras se interesen en el cambio climático para que mitiguen los riesgos del agro empresario? ¿Será importante fomentar el estudio de biología, geología, agronomía, turismo ecológico, bioeconomía, topografía, administración de empresas agrícolas?.
No me distraería con nada más. No sé si vale la pena estar embelesados con fantasías aspiracionales de otros continentes porque «al Cesar lo que es del Cesar». No somos el centro tecnológico indio, ni solos Silicon Valley, tampoco llegamos ni de cerca a ser productores de textiles como los chinos, no somos Alemania, ni Francia en exportación de vehículos, ni los grandes farmaceutas suizos, ingleses o belgas, tampoco tenemos la industria del entretenimiento norteamericana. No, no somos eso. Somos un país rico en recursos naturales, millonarios si se quiere. Y si no nos damos cuenta nosotros, lo harán otros (por cierto, ya está pasando).
Lo hermoso de una apuesta por el campo y el agro es que mueve todas las demás industrias. Pero el foco no se puede perder. Una apuesta en el campo mueve el turismo de naturaleza (tendencia mundial), la construcción de vías y puertos (generador de riqueza y empleo), la tecnología, la logística, la industria de empaques, la logística, la maquila, y pospuesto el sector de servicios. Esto sin mencionar lo que aportaríamos al planeta en prácticas regenerativas y de conservación.
Sí países sin nuestra riqueza como Israel lo han podido hacer, nosotros también, y seguro con menos inversión que, como a ellos, requiere cultivar en desiertos.
Nuestro origen es la solución. Montañeros y campesinos orgullosos de serlo y preparados para mostrarlo al mundo y generar riqueza: Lejos de ser un insulto deberíamos convertirlo en el mayor halago.
Juana Botero… No Apto….mayo 2023
Un concierto de Ryan Castro deja en Medellín una derrama económica de casi 7 millones de dólares en un solo fin de semana. Cincuenta mil asistentes, 22 mil de ellos visitantes. Hoteles, restaurantes, transporte, entretenimiento. Este evento masivo es igual de importante que un concierto de Filarmed con 1800 asistentes, el próximo evento de Juanes para inaugurar Daviarena o una presentación de Palmeras de Urabá, que mantiene viva la memoria del bullerengue. La música es más que arte y más que negocio; es una cadena de valor que genera empleo, nueve territorios y construye identidad. Colombia lo sabía. Hasta ahora no tenía ley para decirlo en voz alta.
Eso acaba de cambiar.
La aprobación de la Ley de la Música en el Congreso de la República es un hito para el sector: por primera vez, el país cuenta con un marco integral para reconocer, financiar y fortalecer el ecosistema musical. Y con ella, Colombia da un paso que va más allá de la cultura: declara que la música es una actividad de desarrollo económico sostenible.
La nueva Ley crea el Fondo Cuenta Especial del Sector de la Música, inspirado en el modelo que transformó la industria del cine colombiano, para invertir en formación, creación, investigación y circulación. Establece incentivos para el transporte de instrumentos en aviones y visas especiales para la movilidad internacional de artistas. Exime del IVA los instrumentos y equipos de producción sonora. Regula la payola. Protege prácticas musicales comunitarias y tradicionales. Y crea mecanismos para mejorar la transparencia en la gestión de derechos de autor, una deuda histórica con quienes viven de su talento.
Esta ley, tramitada por el representante antioqueño Daniel Carvalho es, a su vez, el logro de muchos. Desde Proantioquia nos vinculamos a esta conversación, aportando una visión técnica y legal al proyecto junto a aliados como Lumen Legal, Hemisferio Derechorocks. EL APUER de Comfama, SAYCO, ACIMPRO, ACODEM, Promúsica Colombia, y todos los integrantes de la Mesa de la Industria Musical, quienes nos acompañaron con aportes y perspectivas. Trabajamos para que la ley incorpora criterios de sostenibilidad, ampliara la visión sobre actores que componen la industria más allá de los artistas masivos y protegiera asuntos clave como el recaudo y gestión de derechos. Fue un ejercicio plural y comprometido que logró destrabar conversaciones que durante más de diez años no habían llegado a ningún puerto.
Esta ley también es un habilitador para el Plan Maestro de Entretenimiento que lideramos junto al sector público y privado, con una apuesta concreta en infraestructura, datos, inversión y talento. Antioquia se posicionó como voz líder en esta conversación nacional, y eso no es un dato menor: es una señal de la región le apuesta de manera decidida a la música como motor de desarrollo económico y social.
Ahora viene lo más importante: la implementación. Que el Fondo se capitalice con recursos reales. Que los beneficios lleguen a los artistas de los territorios, no solo a los grandes distribuidores. Que 40% de artistas emergentes no sea convidado de piedra en festivales públicos. Que las músicas tradicionales, de las comunidades afro, indígenas, campesinas, tengan protección efectiva y no solo reconocimiento simbólico. En la música, en todas las músicas, nos encontramos todos. Con respeto por la diversidad y los gustos. Como debería ser por estos días en nuestro país. Que nuestros ritmos y artistas no sigan dando alegría e identidad. ¡que viva la música!
Julina Velásquez Rodríguez…..presidenta ejecutiva Proantioquia..junio 2026
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Carta Abierta
Ya los escuchó, ya los vio, ya los leyó. Incluso en algún momento, lo mas seguro los tuvo cara a cara, estrechó su mano y probablemente lo saludaron y le prometieron que todo iba a cambiar.
Y se llegó el momento para qué usted, que hace parte del grupo de ciudadanos, qué escucha, lee y ve, y que no esconde la cabeza en la cubeta de «Todos son iguales» o «No voto por que esto seguirá igual», sabrá que mañana 31 de mayo será unos de esos que aún considera que con su voto ¡Todo es posible! Qué aspiramos, y esperamos, qué su voto no será el voto de los de siempre: el voto de la teja, el voto de sanduche con refresco, el transporte o en el peor de los casos el voto del bus que viene de otro pueblo, ciudad o vereda, o de un resucitado.
Usted, ya sabe, que para que esto cambie, su voto no es el que se va a la basura, que su voto es sagrado, que ni se compra, ni se vende, que es amor por la patria, amor por un poco de cambio, si un poco de cambio, porque hablemos claro nada es perfecto y menos la democracia. Pero usted que se va de voto mañana 31 de mayo, cuando con una X inicia el cambio podrá con tranquilidad decir: ¡Yo hice parte del cambio!
Qué ellos, los que recorrieron el país, que visitaron regiones que no conocen el poder del Estado, los que prometieron el cambio, solo esperan el poder de su X en un papel para continuar con el continuismo o buscar el anhelado cambio que todos quieren. Y que ese poder, que usted tiene logrará la recuperación de un país perdido en el mapa del caos, el miedo y la burla. Muévase a votar, para que la dignidad regrese, para que ese palabra perversa que nos acompaña, cada cuatro años «Para qué votar», se convierta en el verdadero cambio que logre romper el hechizo maldito, así sea un poquito. Pero que se avance y no se retroceda.
Finalmente recuerde que Colombia es la GRAN SELECCIÓN, que juega el partido más importante el 31 de mayo, y que usted es el arbitro de ese juego que, en su sabiduría decidirá quién será el director técnico por cuatro años de la GRAN SELECCIÓN.
«LOS ESTADOS SON ESCLAVOS POR LA NATURALEZA DE SU CONSTITUCION O POR EL ABUSO DE ELLA. LUEGO UN PUEBLO ES ESCLAVO CUANDO EL GOBIERNO, POR SU ESENCIA O POR SUS VICIOS, HUELLA Y USURPA LOS DERECHOS DEL CIUDADANO O SÚBDITO»… CARTA DE JAMAICA , SIMÓN BOLÍVAR
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Vale Votar
Tu voto vale 13 millones de pesos. ¿Lo cambiarías por un tamal? La pregunta suena provocadora. Lo es. Pero los números no mienten: el Presupuesto General de la Nación para 2026 asciende a $523 billones. Colombia tiene un poco más de 41 millones de ciudadanos habilitados para votar. Divida. El resultado es casi 13 millones de pesos por votante. Por usted, por mi, por las decisiones que afectan nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo y nuestro territorio. Puede parecer una comparación irresponsable. Pero más irresponsable es no votar.
Colombia tiene una de las tasas de abstención más altas de la OCDE y una de las cargas tributarias más altas de América Latina. Eso no es coincidencia: países donde la gente no vota tienden a tener Estados que sirven a quienes sí votan. Cada punto de abstención es una cesión de poder a alguien que sí va a las urnas.
Colombia vota el 31 de mayo. Y como cada vez que se abren las urnas, volverá a circular en la cabeza de muchos colombianos la pregunta de siempre: ¿para qué votar si todo sigue igual? ¿Para qué votar si la polarización reina en el debate público? ¿Para qué votar si mi voto no cambia nada? Son preguntas legítimas. Pero tienen una respuesta que no admite mucha discusión: la democracia no se cuida desde el sofá. Se cuida participando. En las elecciones, en el control social, en la vida pública.
Vale votar porque esta democracia, imperfecta, lenta, a veces frustrante, tiene un guardián que merece nuestro respaldo: se llama Constitución Política de Colombia. Es la que garantiza que nadie pueda concentrar todo el poder. La que protege la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libre movilización por el territorio, la libertad de disentir, de organizarse, de elegir y ser elegido. Libertad. Sin Constitución viva y respetada, no hay libertad. Y sin participación ciudadana, la Constitución se debilita.
En muchos lugares del mundo hemos visto cómo las democracias empiezan a erosionarse lentamente: primero se desacreditan las instituciones, después se normaliza el insulto y el odio, luego se debilitan los contrapesos, y finalmente se instala la idea de que la libertad es un obstáculo y no un valor. Nada de eso ocurre de un día para otro. Ocurre cuando los ciudadanos dejan de sentirse responsables de cuidar lo público.
Por eso desde un grupo de empresas de Colombia decidimos estimular a nuestra ciudadanía, entregar incentivos reales a la participación. Le llamamos Vale Votar, una iniciativa concreta para cuidar la democracia, promovida por Proantioquia y la RedPRO con el apoyo decidido de Fenalco. Una apuesta hecha no desde los discursos, sino desde la acción. Porque las empresas también tienen un rol en este momento del país. Y ese rol no es el de la indiferencia.
¿Qué tal si votar también se convierte en experiencia visible en la vida cotidiana? Un café en Juan Valdez al mostrar el certificado electoral. Un descuento en Flamingo. Viajar gratis en el Metro de Medellín para ejercer el derecho al voto. Más de 50 marcas decidieron sumarse a esta conversación democrática, no para comprar conciencias, sino para reconocer un acto ciudadano que sostiene la vida institucional del país.
Porque votar no debería sentirse como una carga inútil, sino como un gesto definitivo para la sociedad. Y porque estimular la participación también es una manera legítima de cuidar la democracia: sin presiones, sin miedo, sin odio, sin decirle a nadie por quién votar. Solo recordándonos que participar importa.
Tu voto. Vale tu libertad. Vale el país que queremos. Vale Votar.
Juliana Velásquez Rodríguez, presidenta ejecutiva Proantioquia.
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