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Confesiones de un mascador de chicles terapéuticos

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Comencé la experiencia con Nicorette para cumplir una tarea de periodista nada más. El periodismo es la actividad principal, o la rutina preponderante en la cual devengué por años el dinero necesario para aprovisionar la mesa familiar, vestir el cuerpo mortal, regalar los anaqueles de mi biblioteca, y comprar cigarrillos. Cigarrillos y cigarrillos.

Después de una vida de fumar, me había acostumbrado, muchas veces de malas pulgas, a convivir en enemistad entrañable con el vicio. A pasar con él como si el cigarrillo fuera un alma suplementaria, un apéndice necesario en mi organización física, un prójimo sombrío de emanaciones sutiles, y había decidido aceptarlo como un rasgo de carácter los próximos veinte o treinta años felices (o treinta y cinco), que deben quedarme de existencia. Si de aquí allá no inventan la eternidad como inventaron Nicorette, la clonación de ovejas, el cigarrillo y los fósforos, las boquillas y los ceniceros.

Pero cuando me propusieron la experiencia de hacer el intento de abandonar el tabaco con la ayuda de un rectángulo amarillento de apariencia inocente(llamado Nicorette reconsidere la decisión de coexistir en paz con esta vieja manía de comer humo. ¿Por qué no renunciar a costumbre ominosa del ¿fumófago? ¿Por qué vivir adosado a este fantasma de humo que me acompaña donde quiera que voy, envolviéndome en velos hediondos?.

Y aquí estoy dándole vueltas a la goma de mascar, dale que dale, en contra del mal instinto. Mientras dos cajetillas de cigarrillos esperan muertas de celos sobre el escritorio con la bocas abiertas de estupefacción. Hoy, si las cuentas me cuadran, completo la primera semana de traicionarlas con este cicle terapéutico.

Leí con atención las leyendas exteriores de la caja, y las instrucciones de adentro. Estas prometen convertir Nicorette en un aliado poderoso para decir STOP, hasta siempre, al cigarrillo, bajo una condición: que uno tenga ganas de dejar de parecer una fábrica, un tren viejo, o un anacrónico dragón, vomitando humo por los respiraderos.

Pensé que las ganas, es decir, la falta de ganas de fuma, iban a constituirse en un obstáculo. Más después de leer el plegable dentro de la caja, puse para cumplir el experimento la primera pastillas sobre esta vieja lengua usada en distintos debates eróticos, retóricos y en la simple charlavana, el compuesto de resinas de nicotina, xylitol, goma, carbonato y bicarbonato de sodio, mentol, óxido de magnesio, y amarillo de quinolina número E 104 que le da el color.

Lo que más espanto me producía la perspectiva de dejar de fumar era la hora de escribir. Mis facultades intelectuales, pocas o muchas, se habían detenido siempre sin una caja de cigarrillos a la vista, y habían quedado reducidas a nada mis habilidades para la mecanografía, que es el arte de volar por el cielo del alfabeto con los dedos, y de conectar las huellas digitales, en una escritura personal como las huellas digitales, con las circunvoluciones madrepóricas del cerebro. Siempre me sentí incapaz de escribir una sola palabra sin la compañía de la serpiente de humo reptando por la habitación, hilvanando azules por el estudio. El cigarrillo era la última musa para mí. Y sin embargo aquí estoy ahora escribiendo. Y no fumo.

El primer día, ante el miedo de enfrentar la escritura sin el cigarrillo, apagué el computador. Lo mejor era entregarse, para comenzar, a esa otra extraña pasividad del ciudadano moderno que se llama ver televisión. Y me eché en un sofá con la pastilla amarillenta en la boca. Y me di a practicar el único deporte que ejecuto con cierta destreza: el zapping, que halló en el control remoto un destino mejor que matar pulgas para el misterioso dedo pulgar que nos convirtió, según dicen, en homo faber.

Cuando el alma de los hombres se cansó de ensoñar, inventó el televisor para que ensoñara por ella. Y después, el control remoto. Las maravillas y las miserias del mundo ahora están a un golpe del dedo pulgar.

Mientras amasaba a muelazos la pastilla y ejercitaba el pulgar analicé lo que pasaba en mi espacio psicológico. Puede ser la causa del efecto placebo. Pero puede no ser. El hecho es que de improviso, el cigarrillo comenzó a desvalorizarse ante mí como una torpe costumbre, como un atavismo bobo, y bobo. A medida que avanzaba en la demolición del cicle, mientras iba sintiendo el picante previsto en las instrucciones, sentí debilitarse en mí la falta de ganas de dejar de fumar y la indiferencia ante el enemigo cigarrillo.

El picante significaba que el chicle comenzaba a irrigar en el torrente sanguíneo a través de las mucosas de la boca, la fatal materia llamada nicotina, principal adictivo de estos cilindros venenosos que venden por todas partes en paquetes o al menudeo, y cuyas consecuencias son la anoxia, o ausencia de oxígeno en la oscura sangre homérica, la disminución de la alegría de vivir y la concentración y la potencia sexual, el epoc, el aliento de letrina y un largo etcétera de males más o menos inicuos que la simple ronquera. El lector urgido por esta clase de conocimientos morbosos puede consultar en los archivos del Ministerio de Salud los nombres de todas esas otras cosas terribles que contribuyen al desprestigio del cigarrillo y poco a poco convierten a los fumadores en seres de segunda clase, repudiados en todas partes, incómodos y peligrosos para los demás y para sí mismos.

El hecho es que sentí cómo se marchitaban en mí las eternas disculpas que los fumadores sacan a relucir en todas partes para justificar la dependencia contra las evidencias científicas. Las disculpas positivas, como el escritor alemán Ernst Junger que murió centenario, y fumando, o esa tía que todos tenemos en la familia que mantuvo una colilla colgada al desgaire en el labio inferior mientras enterraba a todo el mundo, incluidos los sobrinos deportistas. Y las negativas, es decir, los sobrios sobrinos que jamás se pusieron un cigarrillo en los labios y la parca los alcanzó de todos modos mientras corrían desalados bajo las frondas de un parque.

Siento que el chicle hace irrisoria la perversión del cigarrillo. Habiendo otros vicios mejores, por qué fumo, pregunto. Y mastico. El cigarrillo es tan artificial que jamás soñé que fumaba. Nunca pude llevar mis cigarrillos a mis sueños. Pienso.

Una de las peores perversiones del cigarrillo, herencia de caníbales que globalizó este mundo antes del neoliberalismo, es haberse involucrado en otras inclinaciones humanas, como las alcohólicas conquistas quintaesenciales de la alquimia, el café, gloria de la agricultura, la perezosa, paraíso de tela, y el amor. Dicen que el amor, o la entrega sexual, solo se hace perfecto con un martini antes y un cigarrillo después.

Al final no supe qué pasaron por el televisor mientras consumía la primera porción de Nicorette. Sé que descubrí que no había fumado un solo cigarrillo y casi era noche. Noté que el aire de la casa tenía una diafanidad desacostumbrada. Y no hedía. Al anochecer no pude contenerme, escondí los Nicorette debajo de un cojín y encendí un cigarrillo. Pero lo hice con remordimiento. El remordimiento implicaba la posibilidad de superarlo.

No sé si es el efecto placebo. O la introspección, la observación de mí mismo. En cualquier caso, poco a poco se me revela un sentimiento nuevo. Si a la postre no dejo de fumar con Nicorette, habré aprendido algunas cosas sobre mí mismo y habrá cambiado mi relación con este objeto miserable que me esclaviza. En todo caso, he rebajado hasta hoy a diez la dosis de cigarrillos cotidianos que llegaba a veinte. Y anoche pude mirar la luna sin el eterno cigarrillo entre los dedos. Siento que el Nicorette propicia una reflexión necesaria, un alejamiento, cierta imparcialidad que me permite contemplar el cigarrillo como una cosa que no me pertenece del todo, y de la cual me es posible prescindir.

Que Dios, si no fuma, y Nicorette me ayuden.

Eduardo Escobar…(1946- 2024)…. Revista Soho…diciembre 2008

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Acabando con Ecopetrol

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El Gobierno de Gustavo Petro parece experto en montar espectáculos mediáticos y levantar cortinas de humo para distraer la atención pública. Un ejemplo reciente fue la solicitud del ministro de Minas y Energía, Palma, al presidente de Ecopetrol para que entregará un reporte detallado sobre la cantidad de gas natural consumido por las refinerías de la empresa durante 2025 y lo corrido de 2026.

Ese informe, conocido en febrero, confirmó lo que muchos advertían, la reposición de gas natural fue insuficiente para el país. Ecopetrol reportó un déficit de – 14,7 MBPE en 2025, una señal preocupante sobre la seguridad energética de Colombia.

Lo verdaderamente lamentable es que la empresa más importante de los colombianos se está debilitando aceleradamente bajo la ineficiente gestión de su actual presidente, Ricardo Roa. En apenas tres años, las utilidades netas de Ecopetrol han caído cerca de un 73%, mientras la acción pasó de $3.610 a cerca de $1.800.

Las consecuencias para el país son evidentes. Las transferencias al Estado fueron de $58 billones en 2023, pero cayeron a $40 billones en 2024, es decir, $17,9 billones menos.

El panorama se torna aún más oscuro si se consideran los cuestionamientos que rodean a Roa, sanciones en la Procuraduría General de la Nación y la reciente multa del Consejo Nacional Electoral por $5.900 millones, relacionada con presuntas irregularidades en la financiación de la campaña presidencial de Gustavo Petro.

Pero más preocupante es que el Gobierno parece haber diseñado una ruta que debilita deliberadamente a Ecopetrol. Una de decisiones que más inquieta es la posible venta de la operación más rentable de la compañía, Permian, en Texas (Estados Unidos). Este activo representa cerca del 15% de la producción total de Ecopetrol, con aproximadamente 115.000 barriles diarios. Desprenderse de esa operación sería un error estratégico que afectaría gravemente la estabilidad financiera de la empresa.

Resulta paradójico que mientras el Gobierno colombiano insiste en su agenda ideológica contra los hidrocarburos, otros gobiernos de izquierda en la región avanzan en sentido contrario. En Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha firmado más de 150 contratos de exploración y explotación de hidrocarburos. En México, la presidenta ha anunciado la implementación del fracking como herramienta para fortalecer la producción energética.

Es evidente que la aversión ideológica contra el sector de hidrocarburos es una particularidad del gobierno Petro.

Este sí parece ser el gobierno del decrecimiento económico. No solo permitió que las utilidades netas de Ecopetrol cayeran de $33,4 billones en 2022 a $9 billones en 2025, sino que además llevó al país a un déficit fiscal de 6,4 % del PIB y a un déficit primario de 3,5 % del PIB.

Colombia solo había registrado niveles de déficit similares en 1999 y durante la pandemia.

Se trata de un verdadero autogol a las finanzas públicas. Mientras el gasto del gobierno sigue aumentando, especialmente en burocracia, los ingresos prácticamente no crecen. Entre 2022 y 2025, el déficit primario aumentó 2,6 puntos del PIB, impulsado por un incremento del gasto primario de 2,7 puntos, mientras los ingresos se mantuvieron prácticamente estancados.

Los mercados ya empezaron a reaccionar. El mercado de deuda pública despertó de la “anestesia” generada por las operaciones de manejo de deuda, y las tasas de los TES han subido con fuerza, acercándose al 14 %.

La recuperación de Ecopetrol y de las finanzas del Estado será un enorme reto para los próximos años. La salida pasa por reactivar el sector energético, recuperar la confianza inversionista y fortalecer las alianzas público-privadas.

Porque la evidencia es clara: no existe mejor socio para el desarrollo de un país que el sector privado.

Juan Espinal….. marzo…2026

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Evitar que Colombia se apague

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Son muchas las preocupaciones que hoy tienen los colombianos frente al desgobierno que ha generado un debilitamiento profundo de lo que funcionaba en el país. La incapacidad del presidente Petro para construir sobre lo construido ha deteriorado sectores estratégicos. El sistema de salud colapsó; la llamada “paz total” debilitó la seguridad y el orden público; y el capricho ideológico de convertirse en un líder ambiental a nivel mundial ha puesto en riesgo el sector energético del país. Este último es, sin duda, uno de los temas que más inquieta a la ciudadanía.

El próximo presidente tendrá que tomar decisiones ágiles y audaces para evitar que el país se apague. Un apagón nacional sería una verdadera catástrofe para la economía, se paralizarían la industria y el comercio, se alteraría la vida cotidiana de millones de colombianos, y cada hora sin energía costaría cerca de 200 mil millones de pesos, según el Banco de la República.

Si Colombia se apaga por decisiones equivocadas del actual gobierno, cabe preguntarse, ¿cómo se recargarían los cerca de 80 millones de celulares que hay en el país? ¿Cómo operarían más de 450 mil tiendas, hospitales, escuelas, cámaras de seguridad, vehículos eléctricos y el Metro de Medellín, que moviliza a más de un millón de usuarios diarios en el Valle de Aburrá? La magnitud del impacto sería incalculable.

Una de las decisiones necesarias sería declarar una emergencia energética, con fundamento en el artículo 215 de la Constitución Política y respaldada por la jurisprudencia de la Corte Constitucional, que ha reiterado que los estados de emergencia permiten adoptar medidas excepcionales y temporales estrictamente necesarias para superar una grave perturbación del orden económico y social (por ejemplo, sentencias C-122 de 1997, C-216 de 2011, C-466 de 2017 y C-145 de 2020). Bajo este marco, el Gobierno podría declarar una emergencia económica con enfoque energético ante el riesgo cierto e inminente de desabastecimiento y pérdida de confiabilidad del sistema nacional.

En este contexto, y atendiendo el principio de proporcionalidad exigido por la Corte, se implementaría un sistema “fast track” para los procesos de licenciamiento ambiental y consulta previa, limitado a los primeros dos años de gobierno y exclusivamente para proyectos estratégicos de seguridad nacional en el sector minero-energético. Este esquema no eliminaría requisitos ambientales ni sociales; por el contrario, integraría trámites, reduciría duplicidades, establecería ventanillas únicas y armonizaría plazos perentorios, garantizando simultáneamente el respeto por los derechos fundamentales y la participación efectiva de las comunidades.

Asimismo, se propondría un régimen temporal de incentivos fiscales con cláusulas de estabilidad jurídica, sustentado en la doctrina de la Corte sobre la validez de los contratos de estabilidad en escenarios de interés público. El objetivo sería atraer un flujo masivo de inversión privada hacia proyectos estratégicos del sector minero-energético. Este régimen podría incluir aceleración de depreciaciones, deducciones especiales para inversiones en seguridad energética y beneficios para proyectos de suministro en firme y expansión minera responsable, siempre condicionados al cumplimiento de estándares ambientales y planes de relacionamiento social, con el fin de restablecer la seguridad energética nacional.

Solo con determinación, responsabilidad y voluntad política se podrá evitar que Colombia se apague.

Juan Espinal …. Febrero 2026

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Vulnerables

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Cada vez que la lluvia arrecia, reaccionamos como si fuera inesperada. Como si el territorio nos sorprendiera. Como si la emergencia fuera una anomalía. No lo es.

Antioquia enfrenta una realidad objetiva en materia de riesgo climático. Entre 2019 y 2023 fue el segundo departamento con mayor número de eventos de desastres reportados por la UNGRD: 1.917 emergencias, el 93% asociadas a fenómenos naturales y climáticos. La tendencia, además, es creciente. si entre 2000 y 2010 se registraban en promedio 152 emergencias anuales, en la última década esa cifra se triplicó. Hoy hablamos de cerca de 650 eventos por año.

El fenómeno de La Niña entre 2021 y 2023 dejó casi34 mil personas damnificadas en Antioquia, más de 27 mil viviendas afectadas y 90 mil hectáreas de cultivos dañadas. Solo en 202, los costos estimados por pérdidas e impactos ascendieron a 67 mil millones de pesos. Y la contingencia actual vuelve a mostrar la magnitud del desafío: más de 7.000 personas afectadas, municipios en calamidad pública, miles de niños con escolaridad interrumpida, vías estratégicas bloqueadas, sectores productivos perdiendo millones de pesos cada día.

La pregunta no es si lloverá más. La pregunta es si estamos gobernando el riesgo o simplemente administrando la emergencia.

Porque el problema es la vulnerabilidad acumulada Es la falta de planeación territorial coherente con los mapas de riesgo. Es la inversión de infraestructura sin criterios robustos de resiliencia. Es la ausencia de sistemas de prevención suficientemente financiados. Las emergencias exigen recursos, por supuesto. También exigen rigor institucional. La Constitucional contempla la figura de emergencia económica como mecanismo excepcional y transitorio. Convertirla en instrumento de política pública erosiona la deliberación democrática y aumenta la incertidumbre regulatoria. Y cuando la respuesta descansa casi exclusivamente en ampliar cargas tributarias extraordinarias sobre el sector productivo, el país corre el riesgo de debilitar el mismo motor que necesita para financiar su recuperación.

El riego climático no es solo ambiental. Es fiscal, social y económico. La evidencia del Banco de la República advierte que las pérdidas asociadas al cambio climático podrían representar entre 2% y 8% del PIB nacional a finales de siglo, dependiendo de decisiones que adoptemos hoy. Esa cifra es una advertencia estructural.

Existen caminos distintos. Durante la pandemia y en múltiples contingencias regionales, la articulación público- privada demostró que es posible movilizar recursos, logística y conocimiento técnico con reglas claras y trazabilidad. Mecanismos como Obras por Impuestos y los fondos regionales de cofinanciación han probado que se puede ejecutar inversión social focalizada sin paralizar la actividad económica ni sacrificar estabilidad normativa.

Pero más allá de los instrumentos, lo que está en juego es el enfoque. Reducir vulnerabilidades, aumentar resiliencia y mejorar eficiencia del gasto público no son repuestas coyunturales; son tareas de largo plazo. Antes de ampliar cargas extraordinarias, el país necesita revisar la calidad del gasto, fortalecer capacidades institucionales y anticipar riesgos que ya conoce.

Las emergencias requieren liderazgo y cooperación. También prudencia fiscal e institucional. Atender la contingencia sin debilitar la capacidad productiva es posible se privilegiamos la corresponsabilidad, la eficiencia y la estabilidad de las reglas. Porque gobernar el futuro no es reacción a la tormenta. Es anticiparla.

Juliana Velásquez Rodríguez – presidenta ejecutiva Proantioquia……El Colombiano..febrero 2025

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