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Vale Votar
Tu voto vale 13 millones de pesos. ¿Lo cambiarías por un tamal? La pregunta suena provocadora. Lo es. Pero los números no mienten: el Presupuesto General de la Nación para 2026 asciende a $523 billones. Colombia tiene un poco más de 41 millones de ciudadanos habilitados para votar. Divida. El resultado es casi 13 millones de pesos por votante. Por usted, por mi, por las decisiones que afectan nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo y nuestro territorio. Puede parecer una comparación irresponsable. Pero más irresponsable es no votar.
Colombia tiene una de las tasas de abstención más altas de la OCDE y una de las cargas tributarias más altas de América Latina. Eso no es coincidencia: países donde la gente no vota tienden a tener Estados que sirven a quienes sí votan. Cada punto de abstención es una cesión de poder a alguien que sí va a las urnas.
Colombia vota el 31 de mayo. Y como cada vez que se abren las urnas, volverá a circular en la cabeza de muchos colombianos la pregunta de siempre: ¿para qué votar si todo sigue igual? ¿Para qué votar si la polarización reina en el debate público? ¿Para qué votar si mi voto no cambia nada? Son preguntas legítimas. Pero tienen una respuesta que no admite mucha discusión: la democracia no se cuida desde el sofá. Se cuida participando. En las elecciones, en el control social, en la vida pública.
Vale votar porque esta democracia, imperfecta, lenta, a veces frustrante, tiene un guardián que merece nuestro respaldo: se llama Constitución Política de Colombia. Es la que garantiza que nadie pueda concentrar todo el poder. La que protege la libertad de opinión, la libertad de prensa, la libre movilización por el territorio, la libertad de disentir, de organizarse, de elegir y ser elegido. Libertad. Sin Constitución viva y respetada, no hay libertad. Y sin participación ciudadana, la Constitución se debilita.
En muchos lugares del mundo hemos visto cómo las democracias empiezan a erosionarse lentamente: primero se desacreditan las instituciones, después se normaliza el insulto y el odio, luego se debilitan los contrapesos, y finalmente se instala la idea de que la libertad es un obstáculo y no un valor. Nada de eso ocurre de un día para otro. Ocurre cuando los ciudadanos dejan de sentirse responsables de cuidar lo público.
Por eso desde un grupo de empresas de Colombia decidimos estimular a nuestra ciudadanía, entregar incentivos reales a la participación. Le llamamos Vale Votar, una iniciativa concreta para cuidar la democracia, promovida por Proantioquia y la RedPRO con el apoyo decidido de Fenalco. Una apuesta hecha no desde los discursos, sino desde la acción. Porque las empresas también tienen un rol en este momento del país. Y ese rol no es el de la indiferencia.
¿Qué tal si votar también se convierte en experiencia visible en la vida cotidiana? Un café en Juan Valdez al mostrar el certificado electoral. Un descuento en Flamingo. Viajar gratis en el Metro de Medellín para ejercer el derecho al voto. Más de 50 marcas decidieron sumarse a esta conversación democrática, no para comprar conciencias, sino para reconocer un acto ciudadano que sostiene la vida institucional del país.
Porque votar no debería sentirse como una carga inútil, sino como un gesto definitivo para la sociedad. Y porque estimular la participación también es una manera legítima de cuidar la democracia: sin presiones, sin miedo, sin odio, sin decirle a nadie por quién votar. Solo recordándonos que participar importa.
Tu voto. Vale tu libertad. Vale el país que queremos. Vale Votar.
Juliana Velásquez Rodríguez, presidenta ejecutiva Proantioquia.
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Las formas de futuro
Las mejores cosas en la Colombia de las últimas décadas han sido consecuencia del trabajo articulado entre lo público y lo privado. Las vías, los puertos, los aeropuertos; las alianzas para luchar contra el hambre, por la educación, por la defensa de la democracia. Nueve de cada diez viajes aéreos en el país salen o llegan a un aeropuerto concesionado. Casi ocho mil kilómetros de la red vial nacional están en manos de concesionarios, pavimentados de punta a punta, y las autopistas de cuarta generación están dejando más de mil kilómetros de doble calzada, 141 túneles y 1.300 viaductos donde antes había cordillera. Desde 1991 la carga del comercio exterior entra y sale por puertos que construyeron y operan privados. Cuántas emergencias no hemos enfrentado juntos, a cuánta maldad no hemos sobrevivido juntos, sector público y sector privado.
Pasa igual en la salud, la educación y el cuidado. Cuatro de diez mejores hospitales de América Latina están en Colombia y tres son fundaciones sin ánimo de lucro, como el Pablo Tobón Uribe y el San Vicente en Medellín. El 43 por ciento de los estudiantes de educación superior y ocho de cada diez de posgrado se forman en instituciones privadas que por ley no tienen ánimo de lucro. Los más de 1,7 millones de niños que atiende el ICBF en primera infancia reciben su educación inicial de entidades sin ánimo de lucro que operan el servicio en todo el país. Y los fondos privados administran el ahorro pensional de 19 millones de trabajadores, más de 500 billones de pesos.
Entre el Estado y el mercado hay un lugar poco visible donde se han gestado las grandes transformaciones de este país. Allí los empresarios dejan por un rato la empresa, se sientan con otros que piensan distinto, o que incluso son su competencia, y mirar el territorio como se mira un bien común. Son instituciones del sector privado como fundaciones, corporaciones cívicas, gremios, programas que han apostado a medir, mesas que convocan. En Antioquia, por ejemplo, no habríamos sobrevivido a la época oscura del narcotráfico de los ochenta y noventa sin resiliencia del sector privado y la valentía de quienes tuvieron a cargo lo público. Mucho menos habrían podido los gobiernos de entonces pensar en desarrollo, en un metro, en un aeropuerto, sin unos empresarios articulados y decididos a no dejarse arrebatar el futuro por nadie.
La articulación público-privada ha sido positiva en todos los escenarios. “No existen empresas exitosas en sociedades fracasadas” ha sido nuestro principio en Proantioquia. El trabajo en equipo entre lo público y lo privado garantiza la materialización de sueños comunes y la sostenibilidad de planes de largo alcance. La institucionalidad privada puede guardar legados de gobiernos visionarios y cuidar la democracia cuando la coyuntura la pone a prueba.
Para trabajar en equipo no se necesitan acuerdos absolutos. Se necesita un sueño compartido, una visión colectiva de futuro y la voluntad de construir, cada uno desde sus capacidades, un territorio que sin duda alguna todos queremos ver prosperar. En perspectiva, entonces, no se cuidan las esquinas ni se privilegia el individualismo; se protege la posibilidad de colaboración y la convicción del complemento. Se cuida la independencia y se valora el disenso, tanto del sector público como de la institucionalidad privada, pues son las herramientas más valiosas de la construcción colectiva.
Es cierto que en este mundo que cambia cada vez a mayor velocidad, revisarse y transformarse es necesario. Adaptarse para avanzar es indispensable. Incluir y darle relevancia a las nuevas voces de un sector privado dinámico es urgente. El rol de las instituciones privadas siempre encontrará un matiz en la coyuntura. Hay épocas en que nos toca sostener, defender, cuidar. Otras en que podemos construir, crear, colaborar. Este es un tiempo para construir. Pero tenemos una constante que para Colombia y su democracia ha sido fundamental: la convicción absoluta de la importancia de nuestro papel en su agernda de desarrollo.
Se puede ser disruptivo y cuidar las formas al mismo tiempo. Cuidar las formas es cuidar las palabras, el tono con el que hablamos de quienes piensan distinto, lo que decimos en las redes, donde todo se escribe rápido y se lee para siempre. Y cuidar las formas es también sentarse a tener conversaciones francas, las difíciles, las que incomodan, porque esas son las que construyen. Lo que permanece son las instituciones fuertes, las reglas se respetan, los acuerdos que sobreviven a quienes los firmaron. Esa es la plataforma de la confianza, y la confianza es el único material con el que se construye a largo plazo. Un país que quiere cambiar rápido necesita, más que ninguno, un piso firme desde el cual dar el salto.
Una Colombia próspera y segura es el sueño en el que hoy nos encontramos. Un sueño que podemos lograr se concentramos nuestros esfuerzos en trabajar juntos. Un sueño que podemos lograr si integramos las miradas de cada uno, con independencia y respeto por el disenso. cuidar las instituciones es proteger el legado que queremos construir.
Juliana Velásquez Rodríguez..presidenta Ejecutiva Proantioquia ……octubre 2026
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Si el agro crece, Colombia gana
Colombia tiene 39 millones de hectáreas aptas para la agricultura. Siembra 5,5 millones. Usamos apenas el 14% de lo que la tierra nos ofrece. Tenemos una oportunidad con cara de mas de 30 millones de hectáreas. Tenemos también unos activos cada vez mas escasos: tierra, agua, clima, gente trabajadora y un mundo que cada año demanda más alimentos.
Y, sin embargo, importamos el 82% del maíz, el 95% de la soya y el 99% del trigo que consumimos. Más de la mitad de los productores no tiene título de su finca, el 83% no recibe asistencia técnica y casi nueve de cada diez nunca han solicitado un crédito. En Antioquia, la edad promedio de quien trabaja la tierra es de 57 años. El campo que alimenta al país sigue esperando que el país lo mire como motor y no como deuda.
Que lo mire con creatividad, impulso, prospectiva y decisión.
Eso puede cambiar. La agenda del ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, apunta en la dirección correcta: sembrar 1,5 millones de nuevas hectáreas, formar a 70.000 jóvenes bachilleres rurales en Escuelas de Emprendimiento Rural, ofrecer crédito ágil y de largo plazo, y blindar jurídicamente la propiedad rural con reglas claras y un Código Agrario Único.
Esto último lo debemos entender como el gran punto de partida de la transformación: Sin seguridad jurídica sobre la tierra no hay crédito, no hay inversión, no hay futuro que se pueda planear. Un campesino con título es un empresario posible. Un inversionista con reglas claras es un aliado del territorio en el largo plazo. Y es que esta tierra llena de posibilidades necesita eso: reglas claras de largo plazo que habiliten transformaciones sostenidas, inversiones seguras y articulaciones público-privadas que garanticen que las políticas públicas trasciendan la administración de turno.
En la reciente visita del ministro a Proantioquia pasamos de las ideas a los compromisos. Con el Ministerio acordamos trabajar juntos en la seguridad jurídica de la tierra; agilizar los estudios para la primera zona franca agroindustrial del país, en Urabá; instalar allí CASA, un Centro de Atención de Servicios Agropecuarios que reunirá en un solo lugar al ICA, la Agencia de Desarrollo Rural, la Agencia Nacional de Tierras, los bancos y los proveedores de insumos; y construir un plan de fomento para que Urabá crezca en plátano, banano, palma, frutas y granos.
Desde Proantioquia haremos el estudio de potencial para las nueve subregiones de Antioquia, con prioridad inicial en Urabá, y acompañaremos los centros de emprendimiento rural, porque ahí está el futuro de nuestra agroindustria.
No partimos de cero. Desde 2022, AgCenter, el hub de innovación agroalimentaria que nació con la Gobernación, la Universidad de Antioquia y Agrilink, ha lanzado más de 18 retos, conectado más de 70 startups y financiado más de 11 pilotos con empresas que jalonan las cadenas del cacao, el café, la leche y el plátano. Por eso, entre nuestras diez movidas para el Plan Nacional de Desarrollo, proponemos escalarlo como plataforma nacional. Hoy solo el 5% de los productores del país incorpora algún tipo de innovación. Ahí está la frontera por conquistar.
Fortalecer el agro es generar riqueza. Fortalecer el agro es ganar en soberanía alimentaria: producir lo que comemos. Fortalecer el agro es dignidad para los pequeños productores y oportunidad para las grandes industrias agropecuarias. Fortalecer el agro es desarrollo para las regiones que más lo esperan. Fortalecer el agro es bienestar para Colombia.
El campo no es el problema que hay que administrar. Es la solución que hemos tardado en ver.
Estamos listos. Si el agro crece, Colombia gana.
Juliana Velásquez Rodríguez…presidenta ejecutiva Proantioquia.. Septiembre
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La misma vara
El miércoles pasado Medellín Cómo Vamos celebró veinte años. En el auditorio estaban casi todos los alcaldes que ha tenido la ciudad en dos décadas. Personas que han defendido visiones de ciudad distintas y que han competido por los mismos votos, se sentaron en el mismo salón para ver cómo ha cambiado la ciudad. Pocas ciudades en Colombia pueden reunir a quienes las han gobernado para mirar juntos sus cifras. Ese gesto dice mucho del programa y de la ciudad que lo ha sostenido.
Medellín Cómo Vamos nació en Proantioquia en 2006, de la mano de EAFIT, la Fundación Corona, la Cámara de Comercio de Medellín y El Colombiano, a los que luego se sumaron Comfama y Comfenalco. Hoy llega la Fundación SURA. En veinte años ha medido a seis administraciones con la misma vara. Ningún alcalde escogió los indicadores. Ninguno redactó preguntas de la encuesta. Ninguno decidió qué se publicaba. Y cuando una administración no entendió el valor de ser medida, el programa siguió midiendo y siguió publicando. Esa terquedad ha tenido costos. Cada uno de ellos ha valido la pena.
Los datos cuentan una historia que nadie puede reclamar para sí solo. La tasa de homicidios pasó de 194,8 por cada cien mil habitantes a 13,9. La pobreza monetaria bajó de 29,5% a 14,6%. Eso lo lograron gobiernos de orillas distintas, cada uno recibiendo una ciudad en marcha y entregando otra. Así se construyen las ciudades que perduran: por capas, reconociendo lo que se heredó y sembrando lo que otros van a cosechar.
Esos mismos datos nos enfrentan al espejo de los retos colectivos. De cada cien niños que empiezan transición, solo setenta llegan hasta grado once sin interrumpir el camino. Entre 2004 y 2024, los hogares propietarios pasaron de 61% a 48%. En el suroriente se gana hasta cinco veces lo que se gana en el nororiente, una brecha que casi no se mueve desde 2010. Hoy uno de cada cinco medellinenses es adulto mayor; hace veinte años era uno de cada diez. Y la principal preocupación de la gente dejó de ser el empleo para ser la salud. Ninguna de esas cifras tiene partido. La repitencia escolar no vota. El precio del arriendo no milita. Frente a un problema de ciudad hay quienes lo usan como argumento contra el adversario y hay quienes lo asumen como tarea de todos. Medellín ha avanzado cada que ha escogido valientemente lo segundo. Construir ciudad.
Por eso la independencia de Medellín Cómo Vamos es patrimonio de la ciudad entera. Se parece más a un acueducto que a una bandera: le sirve a todos y deja de servir el día en que alguien intenta quedarse con ella. Cuidarlo es responsabilidad de los aliados, de los gobiernos y de la ciudadanía, sobre todo en los momentos en que resulta tentador usarla a favor propio.
Medirse es de valientes. Quien se mide acepta que el resultado puede no gustarle, y decide mirarlo de todas maneras. Gracias a los alcaldes y a sus equipos, que entregaron su información aun sabiendo que podía incomodarlos. Gracias al equipo de Cómo Vamos y a su directora, Mónica Almonacid. Y gracias a los miles de ciudadanos que cada año responden la encuesta convencidos de que su percepción también cuenta.
Saber cómo vamos es saber hacia dónde vamos. Mirarnos al espejo de nuestros logros, retos y oportunidades, es garantía de futuro.
Juliana Velásquez Rodríguez…. presidenta ejecutiva Proantioquia..septiembre 2026.
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