Dentro de una canción está la vida

La música es el alimento del espíritu y en muchas ocasiones es como la comida. No comemos cualquier cosa porque podríamos sufrir un daño estomacal o incluso afectar nuestra salud a futuro. Con los oídos pasa lo mismo, también se resienten con los malos hábitos sonoros

Y es ahí cuando debemos empezar a percibir lo que es bueno y es malo, para formar públicos y avanzar como escena musical, pero acá no les diré que es bueno y qué es malo, esa es una construcción personal, democrática y además subjetiva. Sin embargo y sin radicalizar, es importante identificar lo que tiene ética artística y lo que solamente quiere vender, generar views, likes y que como esa comida chatarra y basura, se convierte en algo que nos hace daño consumir.

Los documentales y las series musicales cada vez cobran más relevancia en el consumo masivo de contenidos. En las diversas plataformas audiovisuales encontramos muchos acercamientos cinematográficos que nos muestran las vidas, las prácticas, los rituales y la existencia de la música en muchos creadores y compositores.

Y de verdad que es lindo acercarse a algo parecido a las rutinas de deportistas que exigen sus cuerpos, su mente y con una disciplina feroz, logran objetivos y creaciones increíbles. Algo parecido pasa con muchos músicos que dejan la piel, el corazón y la vida entera en las canciones.

Para hablar de casos puntuales y de creadores musicales que por lo menos yo admiro, podríamos mencionar a Bob Dylan, Mick Jagger, Eric Clapton, Gustavo Cerati, JOrge Drexler, Silvio Rodríguez, Lou Reed, Andrés Calamaro, Pedro Guerra, Thom Yorke, Draco Rosa, Joaquín Sabina, entre muchos otros.

Algunos de ellos han dejado su piel en el pentagrama, sus fuerzas en las cuerdas de la guitarra o las teclas del piano y, además, han pasado horas y horas frente a la hoja en blanco tratando de escribir algo con mérito para ser acompañado por armonías que también terminaron luego de horas. A ellos, a los que dejan la vida entera en una canción, aplausos.

Pero el sentido de este texto va más allá de una exaltación a los que nos regalan hermosos fragmentos de vida transformados en canciones. Justamente llega para salpicar a los que en un estudio de grabación, sin tener menor idea de lo que van a grabar, empiezan a improvisar, motivados por los likes, los seguidores, la fama y el dinero, y con la ayuda de un experimentado productor salen en menos de una hora con una nueva canción, sin vivirla, sin escribirla, sin pensarla, sin sufrirla y, lo peor de todo cantándola mal y esperando sea arreglada en post producción. Y con esto no quiero decir que las canciones que llegan y se crean rápido son malas, no, es más un asunto de intención, de llegar rápido, de saltarse los pasos, de subir a la fama con una lógica de mercado,

Muchos documentales musicales también evidencian a los malos músicos, los músicos que no tienen la profesión en la piel, sino que su arte es de adorno, de maquillaje barato y que lastimosamente, en muchas ocasiones, llega más lejos que las canciones creadas con el sudor, la sangre y el corazón.

No más artistas de adorno, queremos canciones reales sea cual sea el género, desde perreo hasta rock, pero canciones para alimentar nuestro espíritu y hacer real esa hermosa frase de Calamaro en una de sus composiciones: «Dentro de una canción, está la vida»

Diego Londoño…… El Colombiano, junio 2021

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