Hermano gato

Querido Gabriel…

Estoy a punto de abrir la puerta y él me presiente, se había acercado para saludar antes de que se pudieran oír mis pasos o la llave tocara la cerradura. Suspiro cuando lo veo, camina contoneado hacia mí, toca mis piernas con su cola de gato y sigue su camino. Me ignorará por unos minutos, pero volverá para acompañarme. Si me siento a leer, se sentará a mi lado, dándome la espalda. Si se me ocurre trabajar, se hará sobre el teclado, determinado a impedir esa aberración nocturna. ¡Hermano gato!, le digo.

No soy capaz de llamarlo como otros llaman a sus mascotas, porque no lo es. ¿Hablamos de gatos? Es un tema esencial para la humanidad, porque se trata de una de las pocas especies con las que hemos coevolucionado. Lo que comprendamos de ellos lo entenderemos quizás de nosotros mismos.

“Cachaco, palomo y gato, tres animales ingratos”, repetía mi padre, que nunca los entendió, citando a Sánchez Juliao. Tal vez lo primero que nos seduce de este ser mitológico y salvaje que se encogió para entrar en nuestras casas es su indiferencia, que confundimos con desprecio. Saben que no podemos vivir sin ellos una vez hemos conocido la caricia de una cola felina o vivido bajo su mirada pausada. Si alguien anunciara que hay extraterrestres en la tierra, venidos para ponernos a su servicio, yo diría que siempre sospeché que eran los gatos.

Su habilidad para expresarse mediante tonos, modulaciones, miradas y gestos es extraordinaria. Perciben cosas que nuestros sentidos no podrán alcanzar jamás. ¿Sabías que sus bigotes tienen células nerviosas? No son pelos comunes, son antenas para captar quién sabe qué señales misteriosas que aún desconocemos.

Los gatos nos enseñan a amar con profundidad, autonomía e interdependencia. Uno de los gestos más puros de amor es la caricia de un gato. Una vez estaba enfermo en la cama y mi hermano gato se acercó, olió mis lágrimas y posó su garra delantera derecha —iba a decir su mano— sobre mi mejilla, y la dejó quieta por unos minutos. Mi hermano gato me hace Reiki sanador, su ronroneo calma las tormentas internas, las fatigas del cuerpo y del alma ¿es un OM?, ¿será un amén ese sonido que parece insinuar: “dame esa preocupación que yo la sabré evaporar en mi pequeño y leonino cuerpo”?

Mi hermano gato me ayuda a comprender el mundo. Cuando ando acelerado en la oficina o cuelgo una llamada que me ha conmovido, me siento y encuentro su mirada. Casi inmediatamente cierra los ojos lentamente y vuelve a abrirlos, siento lo mismo que con el “respira profundo” de mi madre. Al segundo, olvido lo que estaba pensando, porque mi Dalai Lama casero ya lo dijo todo.

Hablemos del viaje cósmico y la jornada espiritual de cohabitar con gatos. Invitemos a hermanos de gatos, pupilos de gatos y fervientes gatólicos que orbitamos alrededor de este mito viviente. Provoquemos la tertulia con este conocido verso del gran poeta colombiano Darío Jaramillo: “Los estados de la materia son cuatro: / líquido, sólido, gaseoso y gato.

David Escobar… El Colombiano… mayo 2022

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