Elogio de la pereza

Gran parte de mi vida me la he pasado perdiendo el tiempo. Por eso no comprendo el descrédito en que hemos caído los hombres que aún sentimos gozo al ver pasar las nubes. El «ritmo paisa» es en Colombia la medida del tiempo aprovechado, la definición del interés utilitario. No envidio ni admiro a quienes viven su vida a ese ritmo. Les concedo apenas un parco y compasivo respeto y los mantengo alejados de mi hamaca. Jamás he permitido ni permitiré que el materialismo o respeto reverencial al trabajo me despojen de lo más preciado que tengo: la indolencia lúcida, asumida con decoro y pasión.

Y ya que hablamos de paisas, nunca les he tenido más cariño que cuando me enteré de que son los únicos colombianos que celebran una fiesta en honor de la pereza. Lo hacen en Itagüí al concluir la semana de la industria. ¡Qué ironía más picara, qué manera más sana de burlarse de sí mismos!. En ese «día internacional de la pereza», algunos llevan camas al parque de la población para actuar con ejemplo y hasta hay premios para el primero que se vaya y para el último que se aburra.

Esas fiestas deberían ser presididas por los versos de León de Greiff, antioqueño por más sueños (cuidado, pantallista cómplice, con escribir «señas») ; «Ah, la pereza es de raso y gamuza, para qué trabajar si eso es útil». O estos otros, también de su cosecha: «Y tanta tierra inútil por escasez de músculos, tanta industria novísima, tanto almacén enorme. Pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos». Me apena ningún poeta costeño haya escrito así.

La pereza es el gran catálogo de prejuicios colombianos eso cosa de costeños. De la pereza, de sus sagrados misterios, podríamos los costeños escribir libros magníficos, manuales de vida y convivencia que podrán ser útiles cuando el resto del país se halla extinguido el furor guerrero. Cuando los queridos compatriotas se llenan la boca para tildarnos de perezosos, nos confieren el muelle honor de ser el domingo de Dios, que queda, como puede comprobarse, más cerca del Mediterráneo que del Mar del Norte, más lejos de la guerra que la paz. De los andaluces nos viene eso que Borges llamó «la buena tradición de no hacer nada».

Los hombres laboriosos llegaron del norte con su barba roja y su moral calvinista. inventaron el automóvil y las armas nucleares. El costeño del sur los esperó, lento y sabio, con una copa de jerez en la mano. Cuando el hombre laborioso era todavía un bárbaro, el costeño del sur ya era filósofo en el ágora y músico en las cortes. Después, el bárbaro dejó la honda y encontró el sustituto perfecto para la guerra: el trabajo. Hitler comenzó obligando a trabajar al pueblo alemán y ya sabemos cómo terminó.

Entronizado el trabajo como bien supremo, el hombre laborioso, nostálgico del Campo de Agramante, lo convirtió en otra guerra en la que gana el que lleve a ella la mayor energía y sepa explotar mejor cada oportunidad para obtener un excedente, No sé si fue Bataille quien dijo que la dicotomía entre el placer y el dolor está construida socialmente para que funcione la economía.

A la ociosidad le han cantado poetas pero pero la siguen despreciando los economistas. Y sin embargo, de ella han surgido muchas de las cosas más gratas y aún imprescindibles de la cultura occidental y desde luego de la oriental. Menciono sólo algunas desde la humilde óptica personal. Las películas que hizo Renoir en las contadas ocasiones en que abandonó su cálido taller de ceramista. El yoga, el ajedrez, la filosofía griega. Los aforismo de Ciorán, la música de Beethoven. Ciorán según propia confesión, no trabajó nunca. Sufrió una relativa miseria con tal de preservar la libertad de su guardilla. Beethoven, sordamente perezoso, no dijo Freiheit (libertad) aino Freude (alegría).

La pereza tiene su espuma; el amor físico. Y su plumaje: el sueño. Me encanta dormir y no me avergüenzo de ello. Dormir es seguro y placentero, te evita problemas por omisión. alguien dijo que era la muerte desprovista de responsabilidades. Como buen dormilón, odio levantarme temprano. Gossaín, Arizmendi, las alondras, el lechero, encabezan mi lista de extraterrestres. Alguna vez cometí el grave error de emularlos. Como la Antigona de Jean Anouilh, descubrí que levantarse temprano era exponerse a ver el mundo sin colores.

Me arrepentí a tiempo. Volví a mis frazadas. Desistí definitivamente del «crepúsculo de la mañana» , que para Baudelaire – flojo inmortal- es la hora en que canta la diana de los cuarteles y que el enjambre de sueños nos retuerce de felicidad a los perezosos en nuestras almohadas.

Andrés Salcedo… Revista Cromos… noviembre 1995

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