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Viernes, 11 Octubre 2019 14:58

El tropiezo a la felicidad Destacado

El tropiezo a la felicidad Foto David Atehortúa

Este viaje fue algo inesperado, fue algo así como un “imprevisto” de esos que nos pasa en la vida...Meritoriamente tuve la fortuna de ganarme una beca para estudiar y capacitarme en un Congreso Hispanoamericano de Prensa nada menos que en Nueva York.

Motivo que me animó a solicitar la visa estadounidense a un mes de iniciar el curso. A la afirmación de la cónsul de que mi visa había sido aprobada, empecé a soñar, a visionar lo que podría ser mi estadía en tierras estadounidenses. Y no era para más; iba para la capital del mundo, sí esa misma que vivió el horror del año 2001 en los atentados a la Torres Gemelas el 11 de septiembre. Esa ciudad que recibe a miles de personas con sueños, con metas y muchas ganas de salir adelante con sus familias. Era lo único que tenía presente por historia y cultura general.

Aterrizar en las tierras del Tío Sam ha sido una grata experiencia, un sueño cumplido, algo que veía inalcanzable.

Diariamente me deslumbra con sus imponentes edificaciones, sus esculturas, la magia de sus lugares, lo limpio y ordenado que son los ciudadanos, el sentido de pertenencia que tienen por su ciudad, una metrópoli que alberga por cantidades, que ofrece toda clase de diversidad, culturas, gastronomía, creencias y el turismo que al año visitan más de 65. 2 millones de personas.

Según la agencia de turismo de la ciudad, NYC & Company, cuenta como turista a cualquier persona que pase la noche o viaje más de 50 millas de distancia.

Realmente quedo sorprendido por la manera como los “gringos” tienen una visión abismal por la inclusión social, la comodidad, la tecnología y su independencia laboral, social y educativa.

Cada día que pasaba no paraba de sorprenderme como son de organizados, prevén toda clase de emergencias, climática y social.

Tampoco es tirar flores porque nada en la vida es perfecto, también visite en medio de sus inmensas edificaciones lugares “Guetto” que significan en nuestra lengua, barrios peligrosos, llenos de inmigrantes sin oportunidades laborales y con el miedo a sus espaldas de una deportación que puede finalizar la razón de estadía en la capital del mundo.

Pero lo más curioso de todo es  la tranquilidad con la que se transitaba por las extensas calles, que por cierto son demarcadas y sin un solo hueco, lo único que uno mira son las alcantarillas con su olor particular a carbón o humo de “subway”, sí el tren que existe transporta a la mayoría de la población de Nueva York vía subterránea.

Vivir la experiencia me ha dejado un legado importante a nivel personal. Es saber respetar la lucha constante de cada ciudadano que intenta mejorar su situación social que, con fortalezas y temores, son el pan de cada día para estas personas.

Independientemente de que sea Estados Unidos, Cuba, México y los demás países queda claro que todos los seres humanos podemos vivir nuevas experiencias culturales, gastronómicas y académicas, cada uno tiene su lucha interior, hay que saber tolerar al otro.

Hay que saber que no hay fronteras, no hay clase social, ni mucho menos raza, cuando interactúas con gente de otros lugares te das cuenta que todos luchamos por lo mismo, que es vivir de una manera digna y tranquila a pesar de los problemas sociales, políticos y emocionales.

David Atehortúa Correa... Nueva York, 27 de septiembre

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