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Miércoles, 22 Julio 2020 14:57

¿Se acuerdan del barrio? Destacado

¿Se acuerdan del barrio? Foto Doris Gómez B.

No sé cuántos de mi generación o de generaciones más recientes comparten conmigo la nostalgia del barrio donde crecimos. Entonces la ciudad no era un enjambre de edificios de apartamentos, ni una jauría de carros en la calle ni la peste de motos que hoy nos acecha. El barrio era una extensión de nuestras casas y los amigos, una especie de hermanos engendrados en la cuadra donde crecimos. La calle era la calle, sí, pero también el patio de los juegos, un sitio de encuentro y algarabía, un cuadrilátero para las peleas, un campo de fútbol prohibido para los carros y el lugar que más anhelábamos al regresar del colegio.

El barrio no era sinónimo de inseguridad. Todos nos conocíamos, nos saludábamos, celebrábamos la Navidad en la calle - con pólvora, inevitable entonces-; las mamás compartían sus viandas con las vecinas y al día siguiente, muy temprano, los niños exhibíamos el regalo del “Niño Dios”.

En ese mismo barrio y en esas mismas calles nos enamoramos por primera vez de la vecina de la esquina, timbramos en casas ajenas y salimos corriendo, provocamos a los perros bravos y nos ganamos nuestros primeros pesos podando jardines o lavando patios. Como el colegio o la universidad, el barrio es de eso recuerdos que perduran toda la vida y nos transportan a épocas menos azarosas. Tal vez porque también eran tiempos de inocencia y la vida no fluía a la velocidad hoy.

Ahora que la pandemia nos obliga a muchos a seguir encerrados, he vuelto a evocar esos tiempos porque creo que en el futuro inmediato el barrio será de nuevo un referente importante de nuestra existencia. En algunos de ellos es posible que aún se conserven las tradiciones que acabo de describir, pero en la gran mayoría no. Quizás porque se llenaron de rascacielos y de pesimismo; de altercados entre “copropietarios” (palabra fea) por el exceso de ruido, las mascotas, el uso de zonas comunes o por discrepancias con el administrador. Hemos reducido el barrio al edificio donde vivimos y en el que ni siquiera sabemos cómo se llama el de al lado. Los jóvenes, esclavos del computador, los videojuegos, la tecnología, se han perdido la vida del barrio. Y ahora con encierro, mucho más.

Pero el barrio sigue ahí y es ahora de que volvamos a redescubrirlo y adaptarnos a él con nuevas reglas que nos ha impuesto la pandemia. Vale la pena salir a caminar por sus alrededores hasta descubrir el último vestigio de lo que fue su pasado. O detenernos en el árbol que sobrevivió a la transformación. O dialogar con el tendero, el panadero o el abuelo. Orgullosos testigos de aquellos tiempos.

En una próxima reunión de ONU Hábitat, que convocará a varios pensadores en Mérida (México), uno de los temas que se abordará será el de los Smart barrios, la evolución del concepto tradicional de ese espacio en el que transcurren nuestras vidas y que va en línea con la idea de las ciudades de quince minutos: núcleos urbanos en donde para desarrollar nuestras actividades diarias todo lo tenemos cerca y no hay que atravesar la ciudad ni requerimos del carro, algo que hemos vuelto a apreciar gracias a la cuarentena.

Pero también será una gran oportunidad para revisar qué tanto los planes de desarrollo, el urbanismo moderno y los nuevos conceptos de ciudad y ciudadanía han permitido la evolución del barrio como parte de nuestro propio relacionamiento con la ciudad y con quienes lo habitan.

El barrio es el cimiento de la ciudad: Sobre él se soporta todo el engranaje de la administración pública: Por eso hay que devolverle la mirada y reclamar por la recuperación de muchos de estos lugares a los que solo les ha quedado el nombre, pues han caído bajo el yugo de constructores que, si bien han dado una nueva fisionomía a la ciudad, como es natural, también han dejado de lado al barrio como eje integrador de la sociedad. Eso en el mejor de los casos, porque lo cierto es que centenares de ellos han sucumbido al apetito de desarrolladores sin alma de barriada o cedieron a la fiebre de las oficinas de mensajería, comercios desaforados, talleres de mecánica, laboratorios clínicos o simplemente fueron dejados de la mano inmisericorde del olvido.

Si hace algunas décadas el barrio nos daba seguridad y alegría, con que hoy nos devuelva la confianza ya sería suficiente.

Ernesto Cortés Fierro… El Tiempo, julio 2020

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